El rey Huai de Chu tenía la intención de dejar partir a Zhang Yi de regreso al estado de Qin, pero temía que Zhang Yi perjudicara los intereses de Chu. Por ello, consultó a sus ministros cercanos, diciendo: "Deseo permitir que Zhang Yi regrese, ¿qué debo hacer?" Uno de sus allegados respondió: "Si Su Majestad está decidido a dejar partir a Zhang Yi, más le valdría ceder primero territorios a Qin, para así consolidar la posición de Zhang Yi en aquel reino. Zhang Yi, al recibir tierras de Chu, sin duda sentirá gratitud hacia Su Majestad, y con mayor empeño servirá a los intereses de Qin, a la vez que intercederá en favor de Chu ante el rey de Qin. Si Zhang Yi es honrado en Qin, Chu también será tenido en alta estima. Mas si Su Majestad no lo deja partir, el rey de Qin, encolerizado, atacará a Chu, y entonces Chu se hallará en peligro." El rey Huai, aprobando, dijo: "Bien." Acto seguido, liberó a Zhang Yi y le permitió volver a su reino, cediendo además territorios a Qin. Una vez Zhang Yi hubo regresado a Qin, el rey de Chu envió emisarios para entregar las tierras prometidas; Qin las aceptó, y desde entonces el estado de Chu se fue debilitando cada vez más.
💡 商战启示录
Esta historia revela cómo, en el juego estratégico, la sumisión por temor y el intento de comprar al adversario con concesiones revelan una visión cortoplacista que termina por debilitar las propias fuerzas. En el ámbito empresarial moderno, casos similares abundan. Por ejemplo, una empresa tecnológica emergente que posee tecnología nuclear, temerosa de la represión de los gigantes del sector, cede voluntariamente parte de su cuota de mercado y licencias de patentes, esperando ganarse el "amparo" o la oportunidad de colaboración del gigante. El resultado es que el gigante, una vez obtenida la tecnología, impulsa rápidamente su propia línea de productos, erosiona gradualmente el mercado de la emergente y acaba por marginarla. Esto es como el rey de Chu que "cedió tierras al enemigo", creyendo que así compraría la "gratitud" de Zhang Yi y un respiro temporal, cuando en realidad entregó recursos esenciales (tierra/tecnología) sin alterar el equilibrio de poder, acelerando su propio declive. La esencia de la competencia comercial es un juego de fuerza y recursos, no un gesto unilateral de buena voluntad. La estrategia verdadera debería ser: o mantener firmemente la línea de base y fortalecer las propias barreras (como protección de patentes o innovación diferenciada), o negociar a cambio de beneficios tangibles y contractuales equivalentes (como licencias cruzadas o investigación conjunta), en lugar de depositar esperanzas en la "benevolencia" del rival. La lección del rey de Chu advierte a los empresarios: ante un adversario poderoso, renunciar a los recursos esenciales en busca de paz suele equivaler a invitar al lobo a la casa, conduciendo a una derrota irreversible.